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jueves, enero 03, 2008
La comparsa se unió a la fiesta porteña

Catanga y el candombe en el Carnaval Cultural de Valparaíso

Con sus tambores y colores, Catanga se movió de Santiago a la quinta región para hacer candombear a las miles de personas que fueron a esta maratónica jornada de Carnavales Culturales de Valparaíso, 2007.

Acá, la historia de un viaje, al ritmo del tambor.

¡Aguante Catanga!

En la plaza Bogotá esperaba el bus.

Grandote, con más de cuarenta asientos cómodos, aire acondicionado y espacio pa todos los tambores, el bus –gentileza de la organización- estuvo a la espera de los integrantes de Catanga por casi una hora.

El chofer, de unos 55 años, ni se imaginaba que iba a llegar a Valparaíso con varias canas más de las que el tiempo ya mostraba en su cabeza. Pobre loco.

Las chicas, con sus tenidas más informales, de chancletas, pantalones anchos y poleras hippies, subían poco a poco al bus, cantando canciones, riendo a carcajadas, celebrando el momento.

Gabriel Blanco era el gestionador. Iba y venía guardando tambores, metiendo cosas al bus, organizando a una tropa de locos candomberos que poco caso le hacían.

Arriba del bus, el chofer se agarraba la cabeza. Uno hora y cuarto de retraso y aún no partíamos.

¡¿Y ahora quién falta?!

Figari, el flaquito que se disfraza de gramillero, había ido a buscar un tambor más a su casa…o al menos eso decían dentro del bus.

Es que íbamos a Valpo más de 45 personas, y había pocos tambores. Catanga quería hacer retumbar las pequeñas calles del puerto con los sonidos del candombe. Tres pianos, varios chicos y unos cuantos repiques para lo que sería la mayor presentación del grupo en lo que va del año.

Y el día recién empezaba.


¡Pero qué sorete el chofer!

¿Todos listos? ¿No falta nadie?
El bus partió de Santiago pasaditas las 3:30 del Viernes 28 de Diciembre.
Con el aire acondicionado a full y todos cómodos, el viaje era perfecto.
El chofer salió por Vicuña Mackena.
¿Pero dónde va este loco? -se escuchaba en el bus.
Para el chofer, eso era el inicio del peor viaje de su vida. Y aún no lo sabía.
El Turco y su vozarrón uruguayo se escuchaba en todo el bus. Las bromas iban y venían y muy pocos estaban sentados en su lugar.
Las chicas jugaban a cantar en distintos tonos una frase que nadie entendía. Figari se preocupaba de los últimos detalles de su disfraz de gramillero, que esta vez iba a ser negrito. Muchos otros iban durmiendo, o al menos lo intentaban, ya que al fondo se habían agrupado los más revoltosos a tocar tambores.

Imagínense cómo iba el chofer. Fue tanto el despelote candombero dentro del bus que en un momento se escuchó por alto parlante “¡se pueden sentar por favor!”.

Pero nada importaba más en ese momento, que celebrar el logro de la comparsa por ser invitados al Carnaval.

Después de una hora y media el bus ya llegaba a Valparaíso. Los más flojos despertaban, los revoltosos ya estaban más calmados y la mayoría se deleitaba a través de las ventanas con el paisaje costero.

Ahora había que organizarse. ¿Dónde teníamos que llegar? ¿Quiénes nos recibirían?

La Cachi, que es como la mama vieja de la comparsa y que junto al Blanco, es gestionadora de la comparsa, tenía el itinerario.

Nos esperaban a “almorzar” (eran pasadas las 5 de la tarde) en un hotel-restaurante por el centro de Valparaíso, pero antes debíamos llegar al Teatro Mauri a dejar nuestras cosas, pues ahí se presentaba Agárrate Catalina –una de las murgas más importantes de Uruguay- y la idea era verlos y bajar desde el teatro con la comparsa, hasta la plaza de la Victoria.

Al menos ese era el plan inicial.

El chofer agarró vuelo y empezamos a subir por los cerros de Valpo. Debíamos llegar al Teatro Mauri. El bus giraba y giraba, se metía por calles cada vez más chicas, mientras los más relajados admiraban el paisaje desde las alturas.

El mar, los cerros, las casas sin orden. Valparaíso en pleno.

El bus seguía subiendo y los más temerosos se empezaron a asustar.

¡¿Dónde nos sheva este sorete?! –gritaba el Turco, que poco a poco se empezaba a calentar.

Más adelante, una de las chicas candomberas quería bajarse, y en todo el bus se empezó a contagiar la preocupación.

¡Che boludo, vos no sabés nada loco! Le gritaban al pobre chofer, que iba con los nervios de punta y con el pie a full en el freno. Métale curvas y el bus que ya no cabía en las pequeñas calles de los cerros. Una frenada fuerte y se desató la mala onda.

¡Loco, vos sos idiota! ¡El bus va sheno de gente boludo! ¡No podés frenar así!

El Turco se abalanzó con la cara roja hacia la cabina del chofer, que estaba atrapado en una curva imposible para el bus. Menos mal que estaba el Blanco adelante y que, entre varios, lograron calmar al Turco.

Loco, así no vas a arreglar nada, no ayudas poniéndote así- le gritó un par de veces Daniel, el “Blanco chico”, mientras todos pensábamos en la forma de salir de ahí. La curva era cerrada y la opción era retroceder.

El Blanco se bajó del bus y le preguntó a un auto que venía atrás cuál era la opción más lógica para salir de ahí. La opción era ir marcha atrás.

El Blanco se subió adelante con el chofer y le dio algunas indicaciones. El bus comenzó a retroceder lentamente mientras todos mirábamos hacia abajo. El bus iba por un caminito angosto y al lado había un barranco. La cosa ciertamente era preocupante, pero con calma, llegamos hasta una intersección de caminos, por donde el bus debía bajar.

Claro que para bajar, el bus debía ponerse frente al precipicio. Así de loco.

Hacia delante y hacia atrás, el bus comenzaba a acomodarse para dar la vuelta y descender. El problema es que la punta del bus miraba hacia el barranco y las frenadas del conductor no eran muy sutiles. La gente tenía susto y estábamos todos con la guata apretada, pero después de unas cuantas maniobras, el bus pudo girar y bajar. Lo peor ya había pasado.


¡Catanga, dale fuerte al tambor!

Llegamos a las 5 de la tarde a Valparaíso y sin embargo con todo el tour por los cerros porteños, arribamos al restaurante a las 6. Estábamos sanos y salvos y con más hambre que un Somalí. El problema era que, si queríamos comer, tal vez no alcanzáramos a ver a la murga, que empezaba a las 7. Pero el hambre era más fuerte.

El grupo se bajó del bus y sólo el Blanco y la Cachi siguieron hacia el Teatro Mauri. Debían descargar las cosas y organizar el próximo paso a seguir.

Los demás, ¡a comer se ha dicho!

En el restaurante nos esperaban varias mesas servidas. Pancito con mantequilla, empanadas de queso, sopita de no se qué, carne mechada con arroz, jugos, bebidas, vinos y postre. La comida sabía deliciosa, sobre todo después del susto y el mal rato en el bus. Había que sacarse la mala onda para seguir.

Era tanta el hambre, que todos alcanzamos a llegar al Teatro Mauri antes de las 7. Sin embargo, no había tiempo para ver a la murga, ya que a las 8 debía partir la comparsa cerro abajo. Había que vestirse y maquillarse.

En el Teatro ya se escuchaba la murga, mientras que tras bambalinas, en un salón subterráneo, los de la comparsa se ponían sus trajes.

Las mujeres, antes de chalas y ropa holgada, sacaban sus mejores ropas carnavalescas.

El maquillaje les daba el toque mágico de minas candomberas. Los tacos altos, los trajes, las falditas cortas. Todas se veían preciosas y estaban listas para matarse bailando cerro abajo.

Los hombres y sus trajes de comparsa. Los colores amarillos, negros, naranja, rojos, en perfecta armonía con los diseños de los tambores. Todo era fiesta. Todo era carnaval.

Muchos se escapaban a ver a la murga, que arriba presentaba un show espectacular.

Los dos niños presentes jugaban y se reían. Uno de ellos era parte de la comparsa. El otro pequeño tenía por encargo una estrella, que junto con unas lunas, una bandera tricolor y otras formas hechas en cartón, acompañaban la fiesta de la comparsa Catanga.

Todo estaba listo a las 8 en punto, y sin embargo la organización había decidido aplazar un poco el comienzo. Pero mejor así, pues mientras algunos arreglaban los últimos detalles, otros se turnaban para ver a Agárrate Catalina, que terminaba su show con una ovación de pie por parte del público.

El Blanco, el Rasta, el Turco y los demás hombres de la comparsa calentaban el cuero de sus tambores en una fogata improvisada. Las mujeres, a pesar del frío, comenzaban a quitarse los abrigos. La adrenalina del momento bastaba para entrar en calor.

Los murgueros de la Catalina salieron del teatro y la misma gente que había visto el espectáculo se unió, entre risas y buena onda, a compartir con la comparsa.

Ya era hora de avanzar.

Los pianos dieron la partida y el retumbar de los tambores comenzó a llenar de magia las calles de Valparaíso.

Bajando por Hierbas Buenas hacia dónde nos guiara el instinto, la comparsa resonaba en cada rincón, mientras la gente los seguía cerro abajo, bailando, aplaudiendo, sonriendo.

Por las ventanas, la gente salía a celebrar. La comparsa y su grupo de bailarinas iluminaban todo a su paso. Las chicas saludaban a la gente al pasar y los tambores sonaban cada vez más fuerte.

La caminata fue larga y empinada, pero el candombe hacía olvidar el cansancio e invitaba a todos a bailar.

Al llegar abajo, vimos con asombro que el carnaval ya había comenzado y que muchos otros grupos ya desfilaban a través de la gente que se acercaba a mirar y gozar del carnaval.

Catanga venía desde el cerro y debía sumarse al desfile.

Poco a poco se fue dejando el paso a la comparsa, que con la fuerza de los tambores, llamaba la atención de todos los espectadores hacia ellos.

Las bailarinas hacían lo suyo. Moviéndose al ritmo del candombe, las chicas agitaban sus pequeñas faldas. Tres de ellas andaban sólo con bikini, y parecían hipnotizar a los que miraban, entusiasmados, cómo la comparsa Catanga se metía en pleno en el desfile de comparsas hacia el gran escenario final.

El efecto de las pequeñas calles de Valparaíso, adornadas e iluminadas, le agregaban magia al sonar de los tambores. Adelante, un grupo de no más de 10 Hare Krishna intentaban llamar la atención con unos pequeños platillos, pero la fuerza de Catanga y sus tambores parecía aplastarlos. Sin embargo, había espacio para todos, y mientras íbamos llegando al escenario final, todas las comparsas y los grupos que venían en el desfile podían ser protagonistas del carnaval.

El escenario estaba rodeado por miles de personas. La gente bailaba todos los ritmos que se escuchaban. Cumbia, trotes nortinos, salsa, candombe, batucadas y ritmos circenses se mezclaban en una fiesta de todos, y para todos.

La ministra, que daba vueltas por todas partes, saludaba hasta a los vagabundos que se unían a la fiesta, mientras que los organizadores pedían que Catanga subiera al escenario. Había que terminar la fiesta con candombe.

Una vez arriba, un pequeño discurso del Blanco dio paso a la fiesta de Catanga y sus tambores. Las bailarinas aceleraban el paso y bailaban con más fuerza que nunca. Atilio, el único bailarín de la comparsa, daba vueltas por el escenario junto a los personajes principales del candombe, la mama vieja y el gramillero. Atrás, los tambores sonaban más fuerte que nunca y daban el punto final al segundo día de fiestas y carnaval en Valparaíso.


Y seguimos candombeando…

A las 11:15 de la noche estábamos todos en el bus. O al menos eso creíamos, ya que luego de unos minutos se corrió la voz de que faltaban dos chicas. Las únicas dos mujeres de la comparsa. De todas maneras, supusimos que se las arreglarían para llegar al Teatro y que nos encontrarían ahí.

El bus siguió su camino igual. Teníamos que ir a dejar las cosas al teatro en donde, por gentileza de la organización –y la módica suma de 50 lukitas- podríamos alojar. Había que descansar, sacarse el maquillaje, vestirse y bajar al pub-restaurante Brazil, en dónde nos esperaban con una cena a lo “té club”.

Eso sí, bajar nuevamente los cerros, esta vez sin tacos ni tambores, fue más simple.

En el restaurante, la mesa ya estaba lista y en los platos, una deliciosa entrada de lechuga, tomate, choclo, mayo, nos daba la bienvenida. Había que celebrar a Catanga, y qué mejor para eso que una buena y reponedora comida. El problema es que las dos chicas perdidas aún no aparecían, mientras las meseras ya nos tomaban el pedido y la mayoría comenzaba a comer.

Lo bueno es que sólo pasaron 5 minutos y las niñas perdidas estaban entrando al restaurante, con la ropa del candombe, cansadas y malhumoradas.

Durante algunos minutos se habló del tema, de porqué no las habíamos esperado, de porqué ellas no nos habían seguido, etc etc, hasta que los ánimos se calmaron y las chicas dieron vuelta la página, sucumbiendo ante la comida, que estaba deliciosa.

Pescado a la plancha con arroz. Un poco espinudo, pero muy rico. De postre, algo así como un babarois de frutilla, una cosa gelatinosa pero de buen sabor. Un brindis por Catanga, y otro por Daniel, que pasadas las 12 ya estaba de cumpleaños.

De vuelta al Teatro Mauri, nuestro hogar provisorio, y el cansancio acumulado invitaba a muchos a descansar de un lindo, pero largo día.

Claro que para otros, la noche recién comenzaba. Mientras algunos intentaban dormir, en la entrada al teatro se escuchaban las risas, el canto y los tambores de muchos que se quedaron candombeando hasta al menos las 6 de la mañana.

¡No me la pongás!- se escuchaba a Federico…quién sabe de qué hablaba.


Entre ronquidos y los gritos del Blanco, que intentaba despertar al grupo -a eso de las 11 de la mañana- el nuevo día se abría ante nosotros con un sol radiante.

Los uruguayos del grupo, mate en mano, comentaban las locuras de la noche anterior, mientras que de a poco la gente comenzaba a tomar conciencia de que debían comenzar a levantarse. Había que reservar pasajes para volver a Santiago.

Al final, y después de varios intentos por despertar a todos, se tomó la decisión de que cada uno podía hacer lo que quisiera.

Algunos bajaron a comprar los pasajes de bus, otros siguieron flojeando. El Blanco y varios más bajaron y se encontraron, a eso de las 12 del día, con Kanela, una comparsa que venía invitada desde el Uruguay. Aprovecharon de tocar juntos e intercambiaron abrazos y conocimientos.

El almuerzo corrió por cuenta propia. La idea era encontrarnos todos a las 5 de la tarde, en el 6º sector de Playa Ancha, para ver a la murga Agarrate Catalina, que se presentaba por segunda vez. El show estuvo lindo, sin disfraces y sin maquillaje, ya que el escenario era distinto: una cancha de fútbol. De todas maneras estuvo buenísimo, y nuevamente se presentó Kanela, aunque hay que admitir que Catanga no tiene nada que envidiarles a las comparsas uruguayas.

De vuelta, la despedida. A ordenar cosas, a dejar el lugar impecable. Cada uno con lo suyo y con lo nuestro, con las experiencias vividas todos juntos. Con el recuerdo, y con la ilusión de que se repita. Porque Catanga, tiene para rato.

posted by Alejandra Yermany @ 6:59 p. m.  
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About Me: Mi nombre es Alejandra Yermany, mido un poco más de metro y medio, mi color de piel es blanquecino (nácar, madre perla), ojos redondos, pelo castaño claro, nariz aguileña ("perfil griego" segun mi mamá). Si me visto de negro me retan y si me pongo colores no soy yo. No se ser sexy ni silbar. Me pinto las uñas negras y me gusta Hello Kitty. Hago muecas al hablar, reir, llorar, toser, estornudar, cantar, bailar....y se me va el ojo derecho, pero casi no se nota. Soy poco tolerante pero muy simpatica cuando quiero. Escucho reggaeton y a veces bailo sola en mi casa. Puedo ser muy inteligente y muy tonta a la vez. Tengo una bici rosada, un perro poodle, un celular negro y un novio artista. Quiero ser hippie pero me encanta la plata. Viviría en una choza pero bien decorada. Soy mañosa, histérica, tierna, responsable, caotica y capricornio. El mundo me queda un poco grande y vivo casi en una burbuja, pero si me dices vámonos y me tienes todo listo, me voy contigo.
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