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sábado, octubre 11, 2008
Pensamiento Latinoamericano

Modernidad e integración en manos de la elite

¿Cuál es la igualdad que se construye en Latinoamérica?

Introducción

Pensar Latinoamérica como un todo parece ser, hoy en día, una utopía. “Nuestra América” de José Martí, esa en la que “los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos.”[1] ha desaparecido bajo el poderoso manto de un sistema que todo lo cubre, desacreditando esa lucha contra el imperialismo, considerándola ya sólo una idea romántica, algo inviable, imposible, iluso. Si no puedes contra el enemigo, únete.

Sin embargo hoy, Latinoamérica parece tener más “enemigos” que nunca. Seguimos siendo un eco de los países desarrollados. Un eco distorsionado, que intenta copiar el modelo del centro en una periferia que lucha contra aquella condición, pero que contradictoriamente reniega de su propia historia indígena; que lucha contra el modelo ya [mal] instaurado en sociedades profundamente desiguales socioeconómicamente, mientras intenta competir en el gran mercado internacional, al cual – volvemos a las contradicciones- culpa de sus desgracias. Somos enemigos del sistema, pero queremos pertenecer a él; somos enemigos de nuestros vecinos, pues queremos ser más; somos enemigos de nosotros mismos, pues nos negamos constantemente.

La lucha hoy es múltiple. Los países latinoamericanos juegan con las reglas del mercado y de la modernidad imperante a nivel global. Modernidad que sólo en los países desarrollados alcanzó el progreso completo de sus sociedades (educación, urbanización, democracia), mientras que nosotros -si hoy podemos unirnos como latinoamericanos es sólo para hablar de nuestras falencias y desgracias, pues a la hora de hablar de logros, todos quieren ser más- intentamos nadar a favor de la corriente del capitalismo, ahogándonos muchas veces en el intento.

Es entonces cuando surge el profundo cuestionamiento, ya no al sistema como tal, sino a la falta de decisiones en el contexto de América Latina, en torno a la modernización de nuestras sociedades. ¿Es posible pensar en una modernidad cultural, sin tener como base una modernización de nuestros sistemas socioeconómicos? Nuestros países carecen de políticas culturales en pro de una modernización cultural que asegure el acceso igualitario a la cultura, pues han estado tan ensimismados intentando PARECER desarrollados, que a nuestros gobernantes se les ha olvidado implantar un sistema de modernización social en contexto con nuestra historia, con nuestras sociedades, basándose en el progreso social de nuestros pueblos para llegar a SER desarrollados.

¿Se les ha olvidado, o simplemente les conviene mantener la desigualdad social, para seguir manteniendo el control en la élite que piensa, decide y hace por todos nosotros?

Para desarrollar esta interrogante, construiré un ensayo a partir de los textos de Enrique Dussel, Walter Mignolo, Néstor García Canclini y Alfonso de Toro. Los dos primeros autores me darán la base desde donde hablaré sobre la construcción y condición latinoamericana. Los dos últimos, serán citados de modo comparativo y analítico.

El camino Latinoamericano

Para discutir sobre la eterna condición periférica latinoamericana, y sus consecuencias en la estructura sociocultural actual, voy a hablar desde Enrique Dussel y su “Filosofía de la liberación”. En ella, el filósofo Argentino propone pensar la modernidad como un enfrentamiento con un “otro”, diferente, periférico y por lo tanto, no moderno.

Desde la conquista de América por el centro, el “nuevo mundo” se ha visto con los ojos del “no ser”. Es entonces cuando Europa se piensa moderna. “¿Son hombres los indios?, es decir, ¿son europeos y por ello, animales racionales? (...) son sólo la mano de obra, si no irracionales, al menos “bestiales”, incultos –porque no tienen la cultura del centro-, salvajes…subdesarrollados”.[2] La incapacidad moderna por reconocer la diferencia como algo aceptable, válido y que merece reconocimiento y respeto, comenzó con los conquistadores Europeos en una tierra que –según los cálculos- no existía, y ha sido el punto de partida en el proceso de deslegitimación de las culturas periféricas.

Concebida así por el centro, América comenzó su camino hacia la liberación, siempre planteándose frente al centro como la periferia, como el “otro”.

A partir de esa conciencia inferior frente al conquistador, la filosofía ontológica de la periferia nació con el afán de libertad, “con el afán de pensarse a sí misma ante el centro y ante la exterioridad total, o simplemente, ante el futuro de liberación”. [3] Con esto, la emancipación latinoamericana tomó características específicas: quienes iniciaron el proceso de independencia fueron los criollos latifundistas insertos en una sociedad que no era moderna, que no poseía las estructuras modernas de sociedad ni de ejercicio del poder. Es así como el modernismo, entonces, llega a Latinoamérica como una ideología impuesta desde una élite criolla que no hace otra cosa que repetir las ideologías del centro, e instalarlas en una periferia que anhela ser como el centro, alienándose para conseguirlo. “El pensamiento crítico que surge en la periferia –la cual habría que agregarle la periferia social, las clases oprimidas, los lumpen- termina siempre por dirigirse hacia el centro. Es su muerte como filosofía; es su nacimiento como ontología acabada y como ideología. El pensar que se refugia en el centro termina por pensarlo como la única realidad. Fuera de sus fronteras está el no-ser, la nada, la barbarie, el sin- sentido”.[4]

A partir de esto, la construcción de una Latinoamérica moderna carece de las bases necesarias para un real funcionamiento en nuestros países, quedando atrapados en lo que otro filósofo argentino, Walter Mignolo, señalaría bajo el nombre de “colonialismo”, como la ideología oculta de la modernidad. Volvemos a depender de un centro, ahora económicamente. “Es decir que el imperialismo y el colonialismo son dos caras de la misma moneda, como la modernidad y la colonialidad, en tanto están vinculados con el mercantilismo, el libre comercio y la economía industrial”.[5]

Si bien al comienzo fuimos el “otro” respecto de Europa, con el paso del tiempo y la expansión del mercado capitalista hacia todo nuestro continente, fue la América Angloparlante la que dominó esta nueva lógica, alzándose como el centro, desplazando a nuestros antiguos conquistadores. Es la idea del “Panamericanismo”[6] -como proyecto homogenizador e impulsor de un imperialismo ideológico que se quiere imponer en toda la región-, el nuevo enemigo entonces de una América Latina que continúa siendo periferia, pero que intenta funcionar con las leyes de centro.

Y es dentro de esa lógica que el modernismo sin modernización socio-política se vuelve inhumano. El contradictorio proyecto moderno en Latinoamérica, al no tener un “otro” ante quien pueda sentirse moderno, crea al “otro” dentro de sí mismo.

Hoy ya no sólo somos el “no-ser” con respecto al centro. Ahora somos periferia con una periferia “interna” compuesta por todos los marginados de este sistema. Los hijos de la modernidad sin modernización.

Producción y comprensión cultural en manos de la elite

Es sabido que el primer paso en la educación regular, es la alfabetización. Pero, ¿qué es la alfabetización? ¿Es, solamente, saber leer y escribir? Según la definición de la UNESCO, alfabetizar es “poseer la capacidad para leer y escribir –comprendiéndolo– un enunciado sencillo y breve sobre la vida cotidiana”.[7]

Y si bien existen programas especiales para la alfabetización de los países con niveles más bajos en Latinoamérica (incluso estamos en la década de la alfabetización de las Naciones Unidas 2003-2012)[8], la pregunta que podríamos hacer es la siguiente: ¿Basta sólo con enseñar a leer y escribir?

La participación social en los procesos culturales no se ve enmarcada sólo en la posibilidad de leer y escribir. Hoy en día, es mucho más complejo.

Podríamos nombrar a muchos y reconocidos exponentes de la literatura Latinoamericana, pero también podríamos preguntarnos ¿dónde han estudiado? ¿dónde han publicado sus libros? ¿en qué ambientes se mueven? ¿a qué precio venden sus obras?

La producción literaria en Lationoamérica ha alcanzado el nivel de literatura moderna y sin embargo ¿hay público capacitado para comprar, leer y más aún, comprender sus obras? El antropólogo Argentino, Néstor García Canclini señala que “Para apreciar una obra de arte moderna hay que conocer la historia del campo de producción de la obra, tener la competencia suficiente para distinguir, por sus rasgos formales, un paisaje renacentista de otro impresionista o hiperrealista. Esa ‘disposición estética’ que se adquiere por la pertenencia a una clase social, o sea por poseer recursos económicos y educativos que también son escasos, aparece como un ‘don’, no como algo que se tiene sino que se es”.[9]

La mayoría de los literatos, filósofos y académicos latinoamericanos ha debido estudiar en el extranjero -en el “centro”-, y cuando algunos de ellos retornan al continente que los vio nacer, la popularidad de sus obras se mantiene sólo en una esfera reducida de personas capacitadas, que han estudiado -al igual que ellos- en universidades extranjeras, o que han tenido la suerte de pertenecer históricamente a la élite de sus respectivos países.

Es así como el quehacer del artista moderno “(...) está condicionado, más que por la estructura global de la sociedad, por el sistema de relaciones que establecen los agentes vinculados con la producción y circulación de las obras”.[10] Es decir, a pesar de que el artista quiere legitimarse sólo en el ámbito cultural, depende de aquella élite que puede entender, comprar y comercializar sus obras.

La producción cultural en las redes del mercado, si bien otorga a la obra una condición de “mercadería” que se puede vender y comprar en cualquier parte, poniéndolas a disposición de cualquier consumidor, excluye obviamente a quienes no tienen el poder económico para comprar un ejemplar, o a quienes no tienen la educación para comprenderlas.

Ya no basta sólo con potenciar la alfabetización y la educación de nuestras sociedades. El problema radica una vez más, en la condición de periferia de los marginados de nuestros sistemas, quienes no tienen las opciones ni para comprar ni para entender los productos culturales.

Hibridización y globalización

Continuando con la idea anterior, podemos hablar de una modernidad de Latinoamérica, sólo refiriéndonos en esos términos a la literatura producida en nuestros países y no a todo el sistema instaurado, pues como señalé anteriormente, nuestros países no tienen las condiciones socio-económicas ni políticas para que el modelo se establezca plenamente y, más aún, ha vivido el proceso de modernidad sin que ésta vuelva obsoletas nuestras antiguas formas de ser latinoamericanos, sino más bien, sacándolas del territorio que les pertenece, alienádolas y desconfigurándolas. El Mapuche, hoy en día, ha debido migrar del campo a la ciudad y lo único que conserva son recuerdos que ni él ni su cultura han construido, reminiscencias trastocadas, a-históricas, de su cultura prehispánica, transformando el valor étnico en mística popular.

Es esta condición latinoamericana de “hibridez” la que desarrolla Alfonso de Toro en su texto “El debate de la poscolonialidad en Latinoamérica”. El autor sugiere la idea de que “la diferencia específica de Latinoamérica frente al llamado ‘centro’ es excluyente y dogmática y no hace posible una apertura que ofrezca la oportunidad para superar barreras impuestas por la especialización de los diversos campos del saber y de la cultura (…)”.[11]

De Toro explica que las condiciones desventajosas en las que se encuentra Latinoamérica frente al centro -en donde vemos la yuxtaposición de tradiciones indígenas, del hispanismo colonial y de acciones políticas, educativas y comunicacionales modernas- nos enfrenta a esta categoría híbrida de nuestros países. Un hibridismo que se ve reflejado en la “interacción entre cultura de masas, cultura popular y ‘alta cultura’ con vista a una recomposición de lo social cotidiano y repara en una dinámica en donde se articulan lo local y lo cosmopolita, atravesados por el dualismo entre la inercia tradicional y los anhelos colectivos hacia una vida moderna”.[12]

Esta idea de lo híbrido en Latinoamérica nos sitúa bajo la suposición de que nuestros países son, en su conjunto, una pluralidad de culturas homologadas, de una “interacción de culturas fragmentarias dentro del propio sistema cultural nacional o latinoamericano (…)”,[13] es decir, una construcción en base a elementos de distinta naturaleza. Es el Mapuche viviendo en la ciudad –no por opción propia- sino porque su entorno natural en el que históricamente su pueblo se desarrolló, ya no le es propio. Es una expropiación forzada, e ignominiosamente legal.

La hibridización de Latinoamérica presupone la [nefasta] integración de lo “otro” dentro de este sistema. El indígena, la mujer, los marginados, son invitados a participar de este nuevo régimen. Los pueblos originarios son redefinidos y resignificados dentro del sistema que ahora también será de ellos, no sin antes convertir sus verdades culturales sacándolas de sus contextos históricos, para insertarlos en este nuevo modo de existencia llamado “lo popular”.

Para el autor, la hibridez es la manipulación conciente del sincretismo que se da en Latinoamérica, destruyendo cualquier posibilidad de relativización. Hay una sola manera, un sólo sistema, un único mercado. Cualquier posibilidad fuera de las reglas del capitalismo es neutralizada por un sistema que te ilusiona con el sentido de pertenencia.

Esta hibridez –como idea de una integración que es irreal- se afirma más aún en el fenómeno de globalización, el cual se articula inicialmente bajo las leyes del incremento del capital, recodificando, reorganizando y descentralizando el mundo, transformándolo en un espacio común e híbrido. “Mientras que la elites económicas y políticas –en particular de las naciones industriales- gozan de los resultados positivos de la globalización, los negativos los experimenta la mayoría de la población en particular de los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, en cuanto que una enorme competencia de expansión tiene lugar manifestándose en el capitalismo neoliberal con la claudicación del estado de bienestar y de los beneficios sociales”.[14] Nuestro Mapuche que vive en la ciudad entonces, debe vender sus productos con las reglas del mercado, pues debe aprender a vivir dentro de él, actuando como si perteneciera a este, mientras que el que sí pertenece lo ve como “el otro”, el indiecito que vende sus artesanías.

Para el autor, la globalización continúa el proceso iniciado con el colonialismo al transformar las formas de relación de la periferia, exigiendo reformulaciones, generando “por una parte una ‘deslocalización’ y por otro una ‘proliferación’ de los centros”.[15]

Como resultado, la producción y reproducción cultural de nuestros países encuentran en la globalización, la posibilidad de ser reconocidas en un mundo de culturas múltiples, las cuales sin embargo, pierden su sentido, convirtiéndose en piezas mercantiles, de fácil y rápida transacción en el mercado. “Globalización significa en este contexto, un neoliberalismo sin rostro (…)”[16] , oculto bajo las redes de un gigantesco sistema, el cual ya no tiene núcleo ni identidad. Volvemos a preguntarnos entonces ¿contra quién debemos luchar?

Conclusiones: El discurso de América Latina

La construcción de Latinoamérica moderna está entrampada en las leyes del sistema imperante, impuesto sin mesura en nuestros países. Dada la falta de historicidad[17] con la cual se ha construido esta América Latina capitalista, no podemos esperar que el discurso latinoamericano posea hilos conductores válidos entre nuestro pasado colonial y el presente que intenta ser moderno. La poca atención dada a los aspectos del pasado de cada uno de los pueblos Latinoamericanos ha llevado a la erradicación de cualquier intento por valorar la pluralidad de culturas, construyendo descontextualizadamente sistemas que pretenden homologar a nuestros países. ¿Es esa la igualdad que necesita el pueblo Latinoamericano?

Repensar el discurso de América Latina implica comprender los procesos individuales, los saberes locales de cada cultura. Para ello, necesitamos identificar contra quién nos enfrentamos.

El poder hoy, no tiene rostro ni procedencia. Está en el corazón del modelo implantado que crece a pasos agigantados gracias a la globalización. Y es en ella -y no desde fuera- que se debe reflexionar sobre las posibilidades de nuestros intelectuales latinoamericanos. Rescatar la literatura subversiva y pluralista podría ser parte del proceso de reformulación del campo intelectual. Pero no es suficiente con tener una floreciente literatura latinoamericana si nuestros Estados no son capaces de recuperar el poder frente a las élites económicas y políticas. Las discusiones deben girar en torno a las limitaciones del mercado. No basta con tener un discurso teórico sobre el proceso correcto de emancipación e integración de los pueblos Latinoamericanos. Deben crearse leyes, regulaciones y representaciones políticas que permitan concretar la teoría filosófica e iniciar un proceso abierto y legítimo que contemple la educación y difusión a través de medios formales y fidedignos. Así, podremos otorgar el lugar de significación que les corresponden a nuestros pueblos, evitando la hibridización que los transforma en el “otro”, en la mano obrera, en “lo popular”.



[1] “Nuestra América”, Martí, José. Publicada en La Revista Ilustrada de Nueva York, el 10 de enero de 1891. En http://www.analitica.com/BITBLIO/jmarti/nuestra_america.asp

[2] Dussel, Enrique. “Filosofía de la liberación”, Editorial Edicol, México, p. 12.

[3] Dussel, Enrique. “Filosofía de la liberación”, Editorial Edicol, México, p. 13.

[4] Ibíd, p. 14.

[5] Mignolo, Walter. “La idea de América Latina. La herida colonial y la opción decolonial”, Editorial Gedisa, 2007. p. 106.

[6] Loc. Cit.

[7] http://portal.unesco.org/education/es/ev.php-URL_ID=35964&URL_DO=DO_TOPIC&URL_SECTION=201.html

[8] http://www.un.org/spanish/events/UNART/literacygallery/pages/intro.html

[9] García Canclini, Néstor. “Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad”. Editorial Paidos, Nueva Edición. p. 55

[10] Loc. Cit.

[11] De Toro, Alfonso. “El debate de la poscolonialidad en Latinoamérica. Una postmodernidad periférica o cambio de paradigma en el pensamiento Latinoamericano”. Editorial Iberoamericana y Frankfurt y Main: Vervuert, 1999. p. 44.

[12] Ibíd., p. 55.

[13] Ibíd., p. 57.

[14] De Toro, Alfonso. “El debate de la poscolonialidad en Latinoamérica. Una postmodernidad periférica o cambio de paradigma en el pensamiento Latinoamericano”. Editorial Iberoamericana y Frankfurt y Main: Vervuert, 1999. p. 60.

[15] Loc. Cit.

[16] De Toro, Alfonso. “El debate de la poscolonialidad en Latinoamérica. Una postmodernidad periférica o cambio de paradigma en el pensamiento Latinoamericano”. Editorial Iberoamericana y Frankfurt y Main: Vervuert, 1999. p. 60.

[17] Entendida como construcción de sentidos a partir de la experiencia humana, no histórica, en el contexto de cada pueblo latinoamericano.

posted by Alejandra Yermany @ 9:21 a. m.   0 comments
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